El niño le pregunto a su padre:
-papi! ¿Cómo te hiciste esa cicatriz en la pierna?- preguntándole por dos marcas blancas en su gemelo izquierdo.
El padre, bajó el diario de su cara, lo doblo, encendió su pipa, y con la voz raspada por el humo, comenzó su historia:
-esta marca, hijo, fue la causante, de que tuviera que mudarme a este pequeño pueblo donde conocí a tu madre.
-wow!-exclamó el chico con verdadero asombro-contame mas! contame mas!
El padre, satisfecho por haber captado la atención del niño, prosiguió:
-tenía solo 17 años, cuando vivía en La Plata, con tus abuelos. Para ir al colegio, tenia que tomar dos colectivos. Nunca olvidaré ese mediodía, estaba en el puesto de diarios, esperando el Oeste, que no venía. Tenia hambre y sueño, y hacía mucho frío.
Un perro de esos de la calle, no muy grande, pero si viejo, estaba echado en el suelo. Con su mirada recorría todos los autos que pasaban. Yo cruce por la senda peatonal medio corriendo, porque estaba a punto de cambiar a verde, y los autos de la av.44 no tienen piedad a la hora de pisar el acelerador. En la corrida, salté al perro cayendo justamente sobre su cola. La acción inmediata, fue increíble. Se levantó, y en menos de un segundo lo tenía erguido a 2 pasos de mi y mostrándome sus dientes amarillos y negros con furia.
Yo estaba en shock, no me moví por un instante en el que el perro esperaba que haga un movimiento. Pensé en salir corriendo, pero sabía que no tenia ningún sentido intentar escapar de un animal considerablemente mas veloz que yo. El sudor empezaba a brotar de mi frente. Sabía que iba a pasar. Siguiendo un impulso repentino, grite pidiendo ayuda. El perro se alteró. Se me vino al humo y me clavo sus colmillos en mi pierna. Sentí sus dientes romper mi pantalón de jogging y penetrar en mi piel y mi carne. Sentí un dolor agudo y grite más fuerte. El perro no se soltaba. Notaba la sangre que empezaba a salir por mi pierna y mis lagrimas brotar y caer por mi cara. En un acto desesperado, agarre un pisapapeles de mármol. Con forma de semicírculo puesto sobre una pila de diarios. Lo golpeé solo una vez en la cabeza, el perro me soltó casi al instante y aulló de dolor. Empezó a sangrar de manera escalofriante mientras se podía ver su carne al rojo vivo. El perro dio dos vueltas y callo rendido a mis pies. Mientras yo, temblando, aun sostenía el pisapapeles de mármol manchado de sangre. La dueña del puesto de diarios, salió al instante de su mostrador y gritando dijo “no, mató a Pulgas!” y llorando, me miro con odio y me dijo “hijo de puta, lo mataste”.
El niño abrió los ojos como platos, y volvió a mirar las marcas iguales que tenia su padre en la pierna. Una cicatriz de guerra, de una batalla ganada. Muerto de curiosidad, le pregunto al padre: -¿y que pasó después?
-se acercaron dos malabaristas, un florista y un vendedor de fundas de celulares a mirar al perro. Todos lloraban y lo tocaban. Un malabarista me agarro de la pechera de la chomba y me dijo con la voz quebrada de dolor. “esto no va a quedar así. Pulgas era el perro del barrio, lo vas a pagar muy caro”.
Yo tenia ganas de contestarle, que el perro me había mordido, que me dolía mucho y que ese perro pulgoso se merecía morir. Pero la gente realmente estaba dolida. Me fui rengueando a mi casa. Mientras el vendedor de fundas me gritaba “andate hijo de puta! Y no vuelvas nunca mas por acá.”
Me tuve que dar dos inyecciones, y por suerte, falté al colegio por 4 días. Al 5to, cuando fui a la parada del colectivo, había un papel que decía “justicia por Pulgas” y una foto del perro que evidentemente había sido sacada hacia algunos años, ya que se veía mas joven.
Con solo ver el cartel, me recorrió un escalofrío por toda la espalda.
Un viejo me miro y señalándome con el dedo, me acusó: “vos…vos lo mataste!”
Y 5 personas comenzaron a correrme, como una turba enfurecida. Yo, con la pierna dolorida, apenas podía correr, y me alcanzaron a los pocos metros. Me dieron patadas y escupitajos por todos lados. Me dejaron tirado en el piso, sangrando y humillado, y se fueron corriendo. Al día siguiente, cuando me disponía a salir a la calle, un grupo de unas 30 personas, estaban agrupadas en la puerta de mi casa.
Uno grito “ahí esta! Es él” y empezaron a tirar tomates. Yo me metí adentro. Estaba solo en mi casa, y no tenia a quien pedirle ayuda. Escuche a alguien gritar “vas a tener que salir basura” y escuche una explosión. Cuando me asome al living, solo vi fuego y humo. Yo Salí corriendo como pude de la casa, donde me esperaban mis verdugos. Veía mi casa prendida fuego, mientras me golpeaban. Esta vez, parecían dispuestos a matarme. Luego empecé a ver todo oscuro y a sentirme débil. Lo ultimo que escuche antes de desmayarme, fue un ruido como de una sirena.
Me desperté en el hospital donde me dieron la inyección la tarde del incidente con el perro. Tu abuela estaba al lado mío. Le pregunte que pasaba. Me dijo “nos mudamos”.
-¿Adonde? Pregunté yo.
-Nos vamos a Pergamino.
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